
Los gritos de mi hermana en el teléfono me dejaron atónito, esa desesperación y por ese medio, hace que uno inicie un bombardeo de preguntas incontrolable: ¿qué le pasó, dónde está, de dónde me está llamando…?
Por dicha ella estaba bien físicamente hablando, pero emocionalmente no, recién la habían asaltado cuando esperaba bus con un compañero de trabajo. A su compañero el par de hampones le dieron con la culata de la pistola de forma insistente por su cara y lo reventaron contra un letrero publicitario. Al hospital fue a parar.
Mi hermana quedó en un estado de shock, sin pertenencias, incluido el teléfono claro está y sin saber nada más que correr en búsqueda de ayuda. Cuando le prestaron un celular al primero que se le ocurrió llamar fue a mí, que estaba al otro lado la capital y sin transporte. Por dicha mi mejor amigo sin titubear me ayudó en su auxilio. Duramos como 35 minutos atravesando San José hasta Heredia, y yo posiblemente me fumé como mil cigarros de la impotencia de no poder hacer nada.
Cuando la encontré la abracé y casi se desmaya en lágrimas. Esa sensación de que te han quitado algo tuyo es terrible, el sentimiento va más allá de la pérdida material, creo que es una sensación de avasallamiento, que combinado con agrio momento de violencia extrema, debe ser una cosa espantosa.
Y bueno, con esta y más cosas seguimos pensando en Costa Rica como Suiza, lo cierto es que nunca lo hemos sido, este país necesita detenerse a pensar, nunca parece que lo hayamos hecho en las últimas décadas. Este tema de la violencia ya preocupa, esta violencia es siempre la misma, desde el arma cargada, hasta el golpe en la cara, en la calle o en casa, la palabra dicha o la que nunca vamos a decir, eso es violencia acá y en conchinchina, y es hora de parar, hacer un alto y decir no más, porque si no, vamos a seguir teniendo miedo, el mismo que sintió mi hermana anoche y me conmovió.