
Los planes y estrategias de algunos dirigentes de la campaña del Sí de verdad que dan miedo.
El detonante de este temor ha sido el memorándum Casas- Sánchez. La estrategia sugerida por el Vicepresidente y el diputado Sánchez en lo que ha derivado es en terror ante la dirigencia política. De corazón, con razón y dicho cacofónicamente: fue un tiro de gracia para nuestra democracia.
Pero este tipo de dirigentes del Sí, continúan al parecer reafirmando sus políticas de campaña y ayer el Sr. Luis Fernando Escalante Soto remata con un mail que envía a empresas interesadas en la aprobación del tratado, para que paguen un “incentivo” a los trabajadores con el objetivo de que vayan a votar. Sobre esto, el periódico La Nación amplía detallando la denuncia interpuesta por el diputado del PAC Alberto Salom y que fue elevada por el Tribunal Supremo de Elecciones al Ministerio Público.
La indignación pasa del mail al plenario, cuando leo que la diputada liberacionista Mayi Antillón escuda la propuesta del dirigente asegurando que: “No tiene nada de perverso. Nos parece que hay trabajadores que necesitan movilizarse, y si con un cuarto de tiempo (de salario) se les incentiva, no hay mala intención”.
El memorándum todos con justa razón lo recriminamos, no hace falta color político ni favoritismo u oposición al TLC para ver con claridad. Pero la defensa de Antillón sobre la particular petitoria para “incentivar” el voto, sigue una línea de incongruencia de dirigentes del Sí en su campaña, que trastoca valores que todo el país debería defender y que se juegan sin duda de cara al referéndum.
No se trata de pintar a los del Sí como malos. No se trata de eso, quítense esas ideas de la cabeza. De lo que sí se trata, es de desterrar la mala política de nuestro sistema, y lo declarado por la diputada es precisamente eso. Lo propuesto por el dirigente herediano y aplaudido por Antillón, es el autoritarismo del dinero, el clientelismo político maximizado y la antítesis al deber democrático. Es sin más, la consumación de eso que el pueblo sabe de sobra: el que paga la fiesta, decide la orquesta. Que vergüenza.